El Mito del Emprendedor Visionario

Por Mario Reyes S., Research Manager de P3 Ventures (mreyes@p3-ventures.biz)

Se ha descrito lo que se conoce como la “falacia narrativa”, esa capacidad humana para inventar explicaciones o historias que den sentido a los hechos pasados. En estas historias dotamos a los protagonistas de un mayor control sobre los hechos del mundo que los rodea. Malcolm Gladwell ya nos había advertido contra esta falacia en su libro sobre los “fueras de serie”, los talentos excepcionales, los que si bien requieren de una práctica intensa para adquirir pleno dominio de sus cualidades, dependen también de un contexto que haga posible el desarrollo y despliegue de estos talentos. Es así como Bill Gates o Steve Jobs -ambos extraordinarios talentos empresariales -no hubieran sido posibles en otro momento histórico y en otro lugar del planeta. Como bien señala Mariana Mazzucatto, en su libro “Entrepreneurial State”, ninguno de los productos disruptivos de Apple hubiera sido posible sin que se incorporaran tecnologías desarrolladas en las décadas anteriores, como las pantallas táctiles, internet o el GPS, todas las cuáles fueron financiadas en su gestación por organizaciones públicas como el proyecto DARPA o la National Science Foundation.

Contamos las historias de los héroes, pero olvidamos la serie de elementos que los hicieron posibles. Leemos la biografía de Steve Jobs (o la versión cinematográfica) buscando inspiración en los hechos de su vida, tratando, en lo posible, por imitar algunos de los rasgos que dan forma a una personalidad extraordinaria. Pero nos olvidamos que, si algo pudo Jobs hacer en forma exitosa, fue rodearse de personas extraordinarias, talentos creativos únicos (como Steve Wozniak y muchos otros). ¿Por qué no contamos historias sobre equipos extraordinarios? ¿Por qué no existe una historia sobre el equipo de ingenieros de Apple, por dar un ejemplo? Por alguna razón, necesitamos tomar a algunas personas y erigir mitos en torno a ellos, endiosándolos y delimitando una brecha con el común de los mortales, subiéndolos a un pedestal que nos impide entender mejor las condiciones y prácticas que hicieron posibles estas historias.

Por desgracia, muchas veces demostramos ignorancia sobre las propias cualidades cuyo despliegue es condición para nuestro éxito. Uno de estos mitos que desdibujan los hechos y enturbian el análisis, es el mito del visionario. Como nos señala Brant Cooper, en el libro “Lean Entrepreneur”, este mito consiste en la creencia de que el emprendedor exitoso se caracteriza por ser capaz de anticipar el futuro y ejecutar una visión que responde a esta predicción de un escenario futuro. Este mito ha hecho mucho daño, al conducir a muchos a la tozudez, al negarse a asimilar hechos que puedan ser contrarios a su interpretación del escenario de oportunidades. No solamente alienta malos hábitos, sino que nos impide desarrollar aquel emprendedor que está en todos nosotros.

En la historia existen ejemplos de personajes que fueron ejemplos de terquedad cercana al delirio. En cierta forma fue el caso de Cristóbal Colón, quien se mantuvo firme en la convicción de encontrar la ruta más rápida a las Indias a través de la navegación trasatlántica. Nos olvidamos que no fue Colón quien finalmente se hizo de esta ruta, sino que fue el navegante portugués Vasco da Gama, tan solo unos pocos años después del descubrimiento de América, en 1498, quien arriba al puerto de Calcuta, haciéndose con ello de la ruta de las especias. A diferencia de Colón, el navegante portugués se basó no en una idea fija, sino que en el aprendizaje obtenido a partir de numerosos navegantes previos, junto con una dosis de riesgos calculados. Vasco de Gama fue flexible respecto a los medios, contrastando con el caso del genovés, a quien además su falta de liderazgo le costó tener que enfrentar un motín ante el creciente escepticismo de su tripulación. Solo un golpe de suerte inesperado le permitió a Colón llegar a tierra, ante el hecho fortuito de descubrir un continente que no estaba en la imaginación de su época.

El mito del emprendedor visionario nos perjudica, porque nos impide aceptar el mérito de valores como la creatividad, la adaptabilidad y la capacidad de poner en tela de juicio los propios supuestos y nuestra interpretación de la realidad. Tener un propósito no debe equivaler a estar aferrado a una estrategia ni a una forma única de proceder. La investigadora Saras Sarasvathy descubrió que los emprendedores expertos se caracterizan por utilizar una estrategia no predictiva basada en el control y en la definición de los fines en base a los medios disponibles, lo que llama “efectualidad”. En otras palabras, el emprendedor exitoso no confía en los estudios de mercado ni en planes de negocio que deba ejecutar literalmente. Por otra parte, el emprendedor no apuesta en forma ciega al todo o nada, sino que hace múltiples pequeñas apuestas, riesgos calculados en los que conoce la pérdida que es capaz de asumir sin quedar eliminado del juego (lo que denomina “pérdida aceptable”).

Esta crítica al mito del visionario subyace al método Lean Startup, entre cuyos principios está la idea de que una “startup” equivale a un experimento, en el cual el emprendedor debe poner a prueba sus hipótesis iniciales, contrastándolas con la realidad. Como el emprendedor, sobre todo aquel que crea nuevos mercados, opera en un contexto de alta incertidumbre, no tiene sentido planificar en detalle. Por ello se dice que los planes de negocio mueren al primer contacto con el cliente, ya que se construye una nueva realidad, probando, corrigiendo, descartando y substityendo los supuestos iniciales sobre el problema a resolver, el cliente, la solución o el modelo de negocios.

Vivimos en un mundo intrincado, interdependiente y cambiante, por lo que a toda costa se debe evitar el llamado “complejo de Dios”, creyendo tener un conocimiento de los hechos que nos permita predecir los acontecimientos futuros. Si bien existen algunas tendencias macro que se pueden observar en el tiempo, que nos reflejan cambios generales en los ámbitos demográficos, socioeconómicos, tecnológicos o geopolíticos, estas tendencias son solo un marco general que nada nos dice sobre la ejecución. Por el contrario, existe numerosos ejemplos de emprendimientos exitosos que fueron contrarios a las tendencias vigentes. Por ejemplo, Daniel Isenberg señala casos como el de la empresa automovilística Local Motors, que en años recientes ha incursionado en una industria madura, donde pocos veían oportunidad para nuevos entrantes. De la misma forma, el reconocido Elon Musk ha desafiado la aversión hacia el mercado de los automóviles eléctricos, con un modelo de negocios que ha permitido a Tesla Motors posicionarse donde grandes empresas establecidas fallaron. La destreza para descubrir y ejecutar un modelo de negocios que funcione, es lo que falló en el proyecto Better Place, liderado por Shai Agassi, que a pesar de la buena voluntad de múltiples aliados (como el mismo gobierno de Israel), falló en algunas de sus hipótesis clave.

Como los navegantes antiguos, con herramientas rudimentarias y con mapas incompletos, hemos de ser capaces de responder con destreza a condiciones climáticas adversas e inesperadas, con suministros limitados y una tripulación escéptica. Los llamados “cisnes negros”, los eventos difíciles de predecir y de alto impacto que nos describió Nassim Nicholas Taleb, solo pueden ser aprovechados por observadores atentos, con reflejos ágiles, capaces de ejecutar con un gran nivel de improvisación, en un contexto imprevisto y con posibilidad de pérdida (tolerable).

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Mario Reyes es Sociologo UC y Master Sociología ©. Gerente de Reseach P3 Ventures @p3ventures

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